sábado, 5 de abril de 2008

a todos nos sucede



cuando sus manos dejaron de serlo
y fueron..... en mitad de la mañana
las manos de Daniela
se le erizó el cuerpo de abanicos
travesuras de lluvias
y otras condiciones amorosas
les nacían trenes de plomo ciudad tras ciudad
se amaban por el agua mineral
bajo las carteleras
y en el pesebre de la piel
sus bocas fieras.......insaciadas....... insaciables
............................................................................................
nada más extraordinario ocurrió
por supuesto que fueron adoptados por la mar
y todo eso
es decir: también mortales se despidieron en las puertas
arañados por panteras o luces
y todo eso
que no comento porque siempre nos sucede
cuando las manos dejan de serlo
y se parecen al camino hacia otro corazón

Julio Obeso González

miércoles, 2 de abril de 2008

Pensamiento



qué fenomenales son
las noches de los pájaros
cuántas cosas se dicen
al amanecer

miércoles, 26 de marzo de 2008

Aquella mujer





era una mujer -siénteme-
torturada por la invisibilidad
cada mañana desayunaba tinta
comía calamares en tinta
bebía tinto
su rímel llegaba en frascos
de las factorías Mont Blanc o Parker
dejaba al llorar churretes azules
saberse mortal la alteraba
hasta el punto de escribir
/no una lista de la compra
ni otros recordatorios/
garabatea en hojas terribles
-estoy aquí, mil veces, estoy aquí-
la echaron de las iglesias
por su manía de comulgar
con los pechos desnudos
y de los cafés por sus pechos desnudos
y de los cines por sus voces
por la fea costumbre de leer hojas terribles
-estoy aquí, mil voces, estoy aquí-
sólo cuando el obispo juró por dios
/mujer eterna/
desapareció con muerte discreta

Julio Obeso González

-XVII-


no importará la hiedra tan hábilmente

su melena era roja y los domingos

una diadema verde

por eso la mujer cumplía su voto absurdo

y terminó por dejar canas sobre el mármol

apenas visibles:

“aquí yace” etcétera

de tanto doblarse

cayó partida dentro del mismo nicho

nunca más hubo flores ni encontró su sombra

la hiedra salvaje cruza y borra el único nombre

sabe que es mentira.

Julio Obeso González

 

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