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martes, 25 de agosto de 2009

Debe de haber muertos



¿Qué banco gestiona la fortuna de la muerte? Los desaparecidos en el agua: ¿Son una partida imputable al gasto? ¿Qué ocurre con esa tierra que no ocupan. Alguien la declarará no urbanizable, no apta para la siembra, dos metros cuadrados eternamente estériles? ¿Serán los suicidas números rojos? ¿Contraen sus pulmones y desaparecen sin más? ¿Adónde llevan sus últimas voluntades? ¿No serán perseguidos por los de las chisteras, no tendrán que descolgar teléfonos ni mirar saldos o desear que se incendien los libros de las tiendas?
Si una bomba revienta a la hora en punto de algún paso, los trocitos esparcidos, la lengua y su cuajo: ¿De qué son extractos?
Aquellos apuntes dudosos: Un explorador perdido, el avión no hallado, el soldado sin nombre, los indios que no se llamaban “Toro Sentado”, el indigente al que ya no indagan, los que prefieren beberse el cáliz a encontrar el grial: ¿Qué ventanilla los atiende?
¿No tiene la muerte tetas enlutadas, como automáticos cajeros, para la interminable cola de mamíferos que alzan su llanto, en mitad de la noche?
¿Existen sucursales de guardia capaces de abonar un pagaré urgente, no sé, por ejemplo: Una puñalada? ¿Sufrirán atracos con cada nueva vida: Un bautizo a mano armada, un alunizaje de cuna, un túnel perfecto de incubadora? ¿Qué alarmas saltan, a quién avisan sus luces negras? ¿Es éste el resumen de lo que somos, muertos haber y muertos deuda?
Julio Obeso

domingo, 29 de marzo de 2009

Credenciales



El buitre se espanta por el ruido de la cámara, sin llegar a perder de vista a la presa que madura rápidamente.
El animal está sin fuerza, con su mano de animal intenta un gesto pero no puede.
El fotógrafo piensa en el hallazgo como un golpe de fortuna.
El buitre también.
El animal no sabe distinguir esos signos, porque nunca tuvo. Espera del día una sombra amable.
El reportero está calculando la luz.
El buitre se la sabe de memoria. Los ciclos abren un surco en la presencia, un gen que se porta.
-“Si abriera un poco las alas…”-
-“Si abro un poco las alas…”-
-“Si abre las alas, vendrá”-
El animal aún respira. Su madre está veinte pasos más allá, a los mismos que el fotógrafo; a veinte saltos el buitre.
La escena dura lo suficiente como para que se cree una relación entre ellos. Un triángulo de afinidades.
La tierra suda, pero no interpreta un papel relevante.
El aire está de paso.
El animal está quieto por el hambre, sin solución, inmóvil. El buitre tiene hambre y quiere tomar medidas, se balancea. El fotógrafo siente vacío, busca un ángulo: “Si abriera las alas”.
Los tres en el mismo plano. Dos juegan sus bazas.
La foto será premiada.
El fotógrafo busca un paraje conocido. Se suicida.
El buitre muere dos años después.
Puede que el animal les regalase ese tiempo.

lunes, 9 de marzo de 2009

Ipso Facto


Miras en el espejo la cara que ya no es tuya y aún así, esperas que te hable. Ves un hambriento cordón umbilical convulsionando en el vacío, al modo de las serpientes heridas que buscan aire donde saben que lo hay, pero no está en esa hora. Te das de bruces con él y contra el suelo. Eres mármol mientras se extiende la tristeza de la carne muda y los labios toman la textura de las nueces.
El espejo ya no es relevante porque mira a la pared y tú a la alfombra, frente contra frente, intentando un imposible mentalismo. No hay un cine donde se estrene el pasado cuando te vuelves tabla, sólo el cinismo de las pelusas.
Sabes que ya no hay más tiempo, sexo, tinta, hijos, risa, cartas, envidia, programas, café... Y quieres un último pensamiento, uno, porque casi ya no eres. Buscas las palabras que te sanaron, las que más te hirieron (ninguna será mentira: ¿De qué serviría engañar a las pelusas?) Y ya está. Es la muerte la que pasa en un soplo, vivir es largo, como ese cordón umbilical que ahora se afloja y ya no tiembla, y reposa a tu lado dando tus mismas bocanadas, allí donde estaba el aire.
"De escritos claramente oscuros"
Julio Obeso González

sábado, 20 de diciembre de 2008

Memoria, dios, mujeres y música -I-

....................................................................Joan Miró

(Capítulo -I- del libro "Ernesto Disecado")
.........................................................................
La memoria de Ernesto era incierta. Lo incierto nos posiciona en el filo, es un ave parecida al halcón, pero su pico mata.
Aquella memoria ya tenía crímenes a su espalda y dos anillos de boda.
Era una bolsa de arpillera. Guardaba tiempo enfermo y otras calañas, malas calañas, que más tenían que ver con la ceguera, el albedrío de los dados, las casuales cigüeñas y las huellas.
Las huellas son las prostitutas de los ángeles.
La memoria de Ernesto era un accidente, uno más, como la mujer que amaba, el perro enterrado en el jardín, la cornisa desplomada de la iglesia. Si algún día tuvo puertas, lazos atados al pene u otros recursos, ya no existían.
En los bares encontró algo de paz, paz de aquella que se parece a la música. Cuando la vida le rodaba se sabía unos tres mil temas de jazz y fumaba a oscuras. La oscuridad nos invierte, entonces tener música en la cabeza, ayuda.
En los bares encontró algo de ayuda; el vino es un cirujano desde el hipotálamo, jamás diagnostica pero ejecuta con precisión su ciencia. Si nada esperas, morir es hallazgo. Las ventanas asomadas al vacío se parecen al jazz.
Ernesto amaba a John Coltrane, a esa sombra que extendía sonoras sábanas desde una ventana asomada al vacío. Billie Holiday era un recurso si la mujer que amaba, había negado la noche. A oscuras fumaba y follaba aquella melancolía de mirada húmeda. El blues tiene labios capaces de ponerte un condón a ciegas.
Ernesto consideró algún tiempo si la ceguera sería el negativo de una mirada, pero Billie no le esperaría siempre y él tenía en el sexo, una prioridad invencible. El piano es un preliminar, la zona erógena de un muslo diabólico.
El sexo es un espejo, en la masturbación somos vampiros de tristeza agónica, seres fabulosos al fin.
La memoria de Ernesto salía a la llamada de la música o se espabilaba en la voz de Raquel. Raquel no cosida a una sombra, venía de los niños perdidos y su pecho sonaba como un reloj. Sólo viajó una vez y fue para siempre. Los trenes mienten a quien tiene un destino.
El pecho de Raquel a veces sonaba como un tren aunque se empeñara en parecer sincera. Apenas sus muslos diabólicos comulgaban sin confesión. Dios tiene un lazo atado al pene y en los ojos dos ventanas asomadas al vacío. Lee libros de arcanos que hablan de dioses y mira mapas de otros mundos. Se enternece con los grillos de alas dodecafónicas, cada noche vigila que no se repita una nota hasta que se complete la serie. A todos los grillos vigila.
Los libros son mendigos de otros mundos.
Un día consideró si la pobreza era antónimo de sí misma y se preguntaba cómo había nacido, quién habría sido el primer pobre, pero Raquel no le esperaría siempre y se acostó para hacer el amor entre sus pechos estéreos: Trenes y tiempo.
Julio Obeso González

sábado, 6 de diciembre de 2008

Gacelas en la melancolía



Creo que las gacelas, cuando son veloces cenizas y tan sólo abarcan el territorio de su sombra, se parecen a la melancolía. Aunque guarden en su boca el gusto irrepetible de la clorofila, la sal, que no deja de ser un cansancio hipertenso, encuera el anverso de la lengua (probad a decir algo sencillo: “día aciago, luz perversa” si las hormigas que adormecen la envenenaron): Un día, otro día y otro día.
Apezuñan arenas repetidas, carboncillos humeantes bajo el contraste de cualquier horizonte, hasta que anochece y se encienden íntimas para consumirse sin brillo. ¿Cómo espabilar a herbívoros sin hierba? Nada es menos apetecible que los gusanos si te devoran gusanos, que el aire si ardes por accidente, que las palabras urgentes cuando de pausa o maniatado enmudeces: Un día, otro día y otro día.
Imagino camadas pendientes de ubres tristísimas, con bigotes de arcilla que el instinto empuja hacia el alma (por decir lo de adentro), secando lo enviciado por el rocío, testando el aire que se detuvo a medir desiertos. Crece la alerta: ¿Qué depredador o duda atacaría siluetas, cuando ni los fúnebres revolotean? Pero no es alarma por la vida, sólo hambre atenta, hartazgo de lo repetido: Un día, otro día y otro día.

martes, 18 de noviembre de 2008

en plena posesión de sus facultades




sintiendo el dolor bajo una nueva fórmula
en dosis insoportables que le fragmentaban
concluyó el deseo de morir a espaldas de sí mismo
de la luz de abril
en un acto reflejo acuchilló al tiempo que pasaba ajeno
por eso las dos sangres.... el desconcierto
los análisis repetidos por increíbles
un milagro no serviría
ya que dios sólo concede gracia al mundo en general
a toro pasado..... pero no a las vacas de hoy ni a los hombres
eligió con cuidado la última frase aquella su memoria:
”pude vivir si amor pero no sin amar”
del charquito bebían pájaros nativos
perros de ese momento y los caminantes
Julio Obeso González

jueves, 5 de junio de 2008

Que lluevan vacas (un cuento con ganas de ser poema)




cuando Raquel se levantó
convencida de que el amanecer
sólo sirve para medir los huesos
y se le enturbiaban los costados
con algún maldecir
ocurrió lo extraordinario:
llovieron ranas
todas verdes.....lustrosas.....húmedas
a sus pies charquitos crisopacio
y al amainar un coro cantor
la que arribó a sus senos
...................por supuesto
estaba encantada
y la Raquel de mirar la mañana
con otros ojos
liberada del dolor en los flancos
y fuelles esmeralda
pidió:
........"que lluevan vacas"
(pensaba en el hambre de los suyos
en interminables quesos
en botas de caña)
y vacas llovieron
muuuchas como muuurciélagos desmayados
destruyendo el paisaje
los muuuros que Raquel conocía
en el deseo no formuuuló -domésticas-
y muuurió corneada por la más salvaje
que le decía:
¿ves? estas son las verdaderas dimensiones
de tus huesos.

Julio Obeso González

domingo, 18 de mayo de 2008

Crónicas de la ciudad que me habita (I)



en esta ciudad es literalmente imposible hallar silencio
escribo en un local entre dos televisores que vocean música y fútbol
ya ves.......................en la mañana soleada de este domingo
no hay manera de tomar un café sin aullidos
y tengo pensamientos importantes que comentar
escribir que ayer mi hijo me presentó a su novia
que oficializó su dormir enamorado
(es de suponer que ya no necesita la luz encendida toda la noche
...................................o diluir sus pesadillas con mi nombre)
pero acaban de meter gol en un campo de segunda
y todos giran la cabeza
no tendrán hijos........................pienso que no tendrán hijos
que ayer pasaran página
...................................¿ningún domingo?
"generar espacios....jugar sin balón......largas combinaciones"
eso dice el locutor con tono insoportable
la música tampoco ayuda
y se me van dispersando las palabras
así que escribo rápido:
"la primera vez que eliges querer
te llena el alma de silencio"
voy a pedir otro café

Julio Obeso González

sábado, 1 de marzo de 2008

-XXIV-



Cuanto sabemos de las panteras podría caber en un párpado; sin embargo ellas son milenarias. Llevan la locura en su aliento, se ocultan en la izquierda de las selvas. No son visibles si viajas. Están en tu cuarto, cenan en nuestras casas y escriben perfectamente a máquina. A veces cuando las sombras más densas patrullan el alma, se escuchan sus bronquios húmedos. Son colmillos en la yugular de la esperanza.
Y sí, son noche, pero noche interpretada por saxos acostumbrados, a mujeres de voz rasgada. Si las tienes, lo sabes, dejan huellas.

Julio Obeso González

sábado, 2 de febrero de 2008

UNA HISTORIA DE CIUDAD




CAPÍTULO 7 DE "ESCRITOS CLARAMENTE OSCUROS"
No pude dejar de frecuentar su tienda desde que se metió en mis huesos, como los colores interesantes lo hacen en las retinas. Belleza y desamparo. Supe que su destino y el mío tendrían mucho que decirse en el futuro. Escribí: “Serás a mi lado. Serás cierta. Serás en mí”- eso escribí sin apartar mis ojos de ella-.
Aprovecho las horas punta de la tienda, para poder observarla a distancia y no levantar sospechas. A veces un nudo de acidez me comprime la garganta cuando otros (yo me daba cuenta) la miran. Todos ellos, mis rivales. Uno, actúa con especial descaro. Pasa a su lado con la mano “casualmente” alejada del cuerpo, la roza e incluso, alguna vez, le sorprendo de cuclillas, malinterpretando el: “Soy un hombre interesado en conocer este artículo de la última estantería”. Se me revuelve el alma. Ropas, zapatos y el bronceado de la piel, hablan de una posición desahogada, quizá una profesión liberal; acude al mercado de las posibilidades con esa prepotencia infinita en los ademanes que yo tanto odio: “Serás mía, serás cierta, serás –para-mí, en cuanto me lo proponga” En su inocencia ella se mantiene ajena, nunca le da pie, jamás se expresa con un gesto que pueda indicar comprensión o aliento. Esa combinación suya de belleza y saber estar, me mata.
Un trabajo mal pagado me aleja diez horas al día de aquel territorio, donde mi fantasía escucha el timbre del recreo. No eran infrecuentes los finales de mes recluido en mi casa de alquiler, tragando cuanto la tele cocina, sin nada más inconsistente en la nevera que los cubitos de hielo. Ese viernes no fue una excepción. Traté de llegar a tiempo, corrí hasta que la respiración se hizo astilla perforando los pulmones; pero las luces estaban apagadas y en la puerta colgaba el “CERRADO”. Aún con el pulso trotando eléctrico por venas que ignoraba existieran, la idea me atrapó. Al abrir la puerta me percaté que anduve las diez manzanas, en un estado de total ignorancia. Si alguien me ofreciera una fortuna por decirle si me había cruzado con un perro, un hombre o un vehículo, desde la tienda hasta mi portal, la perdería. La lata de mejillones cayó al suelo dejando en la estera un cerco sanguinolento. “No puede ser tan distinto-pensé- de todas formas mañana lo sabré”.
Durante la noche la cama es una confusión de imágenes y sonidos, un espantapájaros del sueño. Aunque lo peor estaba por venir: -” ¿Matarías por ella?”- La pregunta la hacía una cabeza guillotinada que rodaba a mis pies mientras, no se por qué, bajaba a tumba abierta hacia lo que en un principio me pareció una playa, pero ahora estaba convencido de que era un gigantesco plato de sopa. Antes la misma cuestión me la había formulado un guardabarrera. Volví a contestar: -¡Si! -, pero esta vez lo grité; el alarido me despertó. Intento esquivar al espejo pero me arden los pómulos y un brillo metálico, aposta láminas en los ojos. Juro que no me dejaré intimidar y menos por mí. Necesito ese dinero y el donante forzoso duerme a pierna suelta, absolutamente ajeno a la crispación que me embarga. El sábado amanece diluviando. Antes de salir guardo en el bolso interior de mi abrigo, un cuchillo elegido cuidadosamente por su filo y punta. Paso por encima de la mancha con especial interés en no pisarla.
Son las siete de la mañana, a pesar de la lluvia y el frío me sobra la ropa. Una agitación extrema devora hasta la última caloría. Las farolas permanecen encendidas y los coches circulan con lentitud, las luces puestas. A donde me dirijo sólo estuve una vez:- “Así que sin experiencia: ¿Tengo cara de querer tirar el dinero con alguien como UD?- Abrió el cajón y sacó un fajo de billetes –“Primero los tiro por la ventana, no me haga perder más tiempo y no regrese por aquí sin algo en las manos, más grande que su hambre”- Estaba a punto de hacerle caso. Trato de retratar en mi mente su cara. Tengo una imagen general: Sobre los sesenta, extremadamente obeso, fanático del orden, traje y perfume caros. Creo recordar unas narices enormes y una papada descomunal, pero la fotografía está incompleta. He de aclarar que, en muchas otras ocasiones, la idea de matar a alguien había visitado mi cabeza, pero casi siempre fue por motivos muy puntuales: Problemas de aparcamiento, interminables esperas. Eran sentimientos balanza, equilibran lo prosaico y nos lanzan al estrellato mientras recorremos la rutina. Asesinar está en la misma categoría que ganar en la lotería o ser el pianista de un concierto. Esto era distinto.
Podría ahorrarme la avenida en cuesta de los polígonos, si paso frente a su tienda, pero no quiero contaminar con mi olor de sayón, la pureza del entorno que la rodea. El almacén pide a gritos una mano de pintura, un urgente cambio del letrero: “Bacalaos El Barquero”. El camino es una mezcla de asfalto y barro salpicado por la viruela de los baches. Una luz lechosa se filtra a ras de suelo. Golpeo la puerta metálica. Un runrún ambiguo impregna el aire con el tufillo de las salazones. Al fin cede. Arremeto con fuerza y el hombre elefante cae de espaldas, sin defensa. “¡Croc!” -así habló su cabeza al impactar contra el suelo-. Intenta gritar pero apenas algo semejante a un gemido, le llega a los labios. Cierro, me arrodillo. Cinco minutos después abandono el tinglado perdiéndome entre las sombras. El cuchillo va a parar a una alcantarilla alejada de la escena. Compro el periódico donde siempre, a la misma hora de siempre. Me ducho y pongo a funcionar la lavadora.
El ruido del motor anuncia el fin del centrifugado. Saco los billetes y de diez en diez, abiertos en abanico, los cuelgo del tendal sujetándolos con pinzas. Ya no huelen a pescado.-“¿Cuánto habrá?”- No los cuento, me quedo con la intuición de –suficiente-. Ya nada me alejará de ella, aquella misma mañana, dentro de unas pocas horas, estaríamos juntos, seríamos juntos. Un imponente centauro mitad necesidad, mitad energía. Mi trabajo ya no me parece tan horrible, ni tan lejos. El área de mis fines de semana se amplía hasta el infinito. La casa es pequeña pero no para nosotros dos. Me espera. Saldrá conmigo de la tienda con la fe de un ciego en su lazarillo, dejándose llevar, abandonada a su suerte, su buena suerte. ¿Y sus caras? (impaciente palpo los billetes, aún están húmedos) –“¡Ah, he de fijarme en cada detalle, atesorar el instante! ¿Estará el tipo de las ropas caras? ¿Quiénes serán testigos del comienzo?”- Ya sé cómo acelerar el proceso del secado y además, potenciar el signo de respeto que quiero le llegue desde el primer momento. Los plancho uno a uno hasta que parecen nuevos, recién emitidos. Hay más de lo que pensaba, mucho más: -“Mejor, así podré pagar cuanto precise para sentirse única”- Me afeito, busco en el armario. –“¡Qué importante la primera impresión! Bueno,… Y la última. Sonrío, estoy pensando en el hombre foca, con su cuello dividido por un Moisés no oficial.
Como si adivinara el transcendental cambio que se avecina, está más hermosa que nunca, cualquier brillo la señala. Ni un solo cliente, acaban de abrir. Sabe a lo que vengo, me lo dice el corazón. Me acerco, le susurro todas las palabras que hasta hoy guardé, celosamente, en mi timidez. –“Yo me ocupo y así será para siempre, déjame hablar con el dueño”- Dos gotas de luz le resbalan hasta el suelo.
Ha dejado de llover, las calles espejean con los primeros rayos firmes del sol. La rodeo con el brazo mientras subimos a mi piso, nuestro piso. El sueño se está consumando. Me faltan las palabras:-“Eres mía, eres en mí, eres conmigo”- Nuestros pasados no existen, venimos de la nada, somos planetas que siempre estuvieron visibles el uno para el otro y hemos burlado la maldición de las órbitas. Estamos volcados en mostrar, con todo lujo de matices, lo que desde la distancia sólo era una cicatriz gris, un pequeño cráter. Quisiera poder medir su estremecimiento, pasear por cada rincón de su diseño, por su femenina estructura que me recibe franca. Descanso mi peso sobre ella, el instinto dirige los pulsos. Sé de la importancia de los preliminares: Contener la excitación, impregnar la piel del resbalo de la llovizna, suavizar lo que pronto será ardor, exterminio, “petite mort”. Busco sus zonas, aleteo sobre ellas y me detengo, en la geometría triangular que me confiere el rango más alto de ser hombre, un atleta. La rítmica del amor se activa, doscientas pulsaciones. Soy sudor que ella empapa, combustión espontánea, una acelerada molécula preñada de pretensión.
Reposo a su lado. La agradable sensación del cansancio me remite a su espacio. Pongo la radio a la hora de las noticias locales. No dicen nada del hombre grasa, parece ser que la noticia más importante del día, es que han aumentado mucho la venta de bicicletas estáticas; un horrible nombre comercial, yo la llamo: María.

Julio Obeso González

viernes, 17 de agosto de 2007

REFORMAS HOGAREÑAS



CAPITULO 1. REFORMAS HOGAREÑAS.

Envasaba a los camaleones en tarros medianos llenos de disolvente cuando más verdes estaban (si lo que deseaba pintar eran ventanas), o los situaba, de buena mañana, sobre papel de regalo, para las cenefas de la salita.
“Nunca colaboran –pensaba- Ya sé que no les debe hacer ninguna gracia, pero las causas son las causas, además si no chillan es que nada sienten”.
Se encontró mejor con el asunto enfocado y cogió a la niña en cuello: “¿De quién son estos ojitoooss?”
-Míos-
De negro estaba bien así que la dejó seguir jugando.

martes, 7 de agosto de 2007

El Mecenas (Capitulo 5 de: "Escritos claramente oscuros")



CAPITULO 5. EL MECENAS

Cuando el hambre ensayaba su desfile ocupaba la mente en complicadas operaciones, para que el hambre perdiera el paso. No se paraba a pensar las contadas ocasiones en que eso ocurría, la rutina es el mejor diapasón y se viste con uniforme. Comenzó interiorizando su sueño:
-Soy un buen poeta. ¿Nadie querrá pagarme un sueldo por escribir tres poemas diarios? Casi mil cien al año, más de veinte mil versos, seis libros de ciento ochenta poemas cada año, todos los años. Soy un buen poeta-
¡PAM, PAM, RATAPLÁN! El hueco de su vientre era un consumado metrónomo: ¡Izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda! El hombre del sombrero sobre la mesa, en otras ocasiones había adormecido a sus soldaditos con un café y algún bollo. Le hizo una seña para que se acercara.
-“Yo te pagaré ese salario, pero habrá una condición”-
No alcanzaba a comprender como algo razonado tan íntimamente, pudo ser captado por aquel hombre con su sombrero encima de la mesa. Lo más extraño es que no le suponía problema o curiosidad.
-“En este libro hay tres mil palabras, cada poema que escribas ha de empezar por una de ellas y la tacharás en la página. Una vez al mes me entregarás el trabajo. Cumple y no volverás a tener problemas con el dinero.”-Antes de irse le dio un adelanto.
Todo funcionó como el hombre prometiera. En aquella cafetería le recogía sus escritos, miraba el libro con las palabras suprimidas y, en efectivo, le pagaba. Su mecenas era un hombre realmente espléndido, cada treinta días le subía el sueldo. Allá por el cuarto mes los soldaditos se habían licenciado. Alquiló una casa y se podía permitir comidas que no sabía que existían.
Una vez terminado el libro, el hombre del sombrero sobre la mesa le entregó otro, con tres mil más. Fue entonces cuando se dio cuenta del hecho: No podía recordar las palabras que eliminaba, desaparecían de su mente al mismo tiempo que eran tachadas por la pluma. Aún así continuó, aunque el segundo libro fue incapaz de agotarlo. Perdió más de cuatro mil palabras conocidas y las que eran nuevas, nada le decían. Dejó de escribir y el hombre del sombreo sobre la mesa de pagarle. No necesitaba el dinero, había ahorrado una cantidad suficiente para poder vivir holgadamente, pero era incapaz de pedir una barra de pan o recordar el día de la semana. La cara falta de expresión y un hilillo de baba que descendía continuamente de los labios, provocó su internamiento en el psiquiátrico.
Al final de cada mes, un hombre con palabra fácil y profuso vocabulario, le visitaba. Se sentaba a su lado y le limpiaba la boca. De su sombreo sacaba unas hojas manuscritas que le leía. A él no le suponía problema o curiosidad.

Julio Obeso

jueves, 7 de junio de 2007

EL BOLICHE






Si subes al -barrio alto-, muy cerca de la antigua fábrica de tabacos, en una de esas calles estrechas que mueren ensimismadas, aún se puede ver la casa. “El Cóndor” voló en su día entre cestas de pesca, redes reparadas, mucho humo, lecciones y fiestas. Fue todo un descubrimiento con dieciocho años en canal. Si mis manos hubiesen soportado el peso de los pinceles, colgados de estos recuerdos habría retratos, bodegones y figuras en movimiento.

PABLO
Siguiendo mis referencias de finales de los setenta, “Pablo el Montonero” tenía barba a lo Cafrune, mate en la memoria y una guitarra. Abrió El Cóndor como un resumen de su vida: Más corazón que futuro. La sordera total del oído izquierdo (creo recordar siete razones distintas que la justificaban) hacía que siempre te mostrara su perfil bueno: “Las minas adoran este hemisferio, turro” Casi todo en él era grande y aquello que no lo era, lo situaba frente al proyector de su verborrea capaz de agigantar un átomo hasta proporciones dantescas. Se protegía a la sombra de un paraguas hecho con varillas de exilio y lona impermeable a la nostalgia. Buenos Aires era la única con salvoconducto para entrar, a cualquier hora, todos los días. Cada noche cantaba para los que faltos de dinero bebíamos vino en la barra y a los pocos que sentados cenaban.
Compartía cama y negocio con una mujer delgada y alta, con algún tono argento más por contagio que por cuna, pero capaz de mimetizarse en su entorno como una historia más; una musa de fogones que con el trabajo hecho, se sentaba a compartir la vida y el mate que a Pablo le sobraba. Se llamaba Mila.

EL BOLICHE
El Cóndor”había sido un almacén de aparejos. Las paredes de piedra, el suelo de piedra, el resto madera vieja. En mitad del barrio de pescadores, era un anacronismo aún para los más abiertos. Sacó chimeneas sin permiso, abrió ventanas y el camino, a otros chiringuitos que copiaron su estilo. En las paredes una enorme cara del “Che”, fotos de cargas policiales, un gaucho flaco pirograbado y banderines albiazules con sentencias de Martín Fierro:

“Sepan cuantos escuchan
De mis penas el relato,
Que nunca peleo ni mato
Sino por necesidá,
Y que a tanta alversidá
Sólo me arrojó el mal trato”

Decorando una estantería larga y medio alta, había decenas de tarros de cristal llenos de arenas de colores, hábilmente mezcladas. Eran altares “In memoriam”: Roberto Goyeneche, Alberto Podesta, Troilo, Edmundo Rivero, Gardel, Alberto Marino... Todos tenían nombres. Donde terminaba la estantería, una pizarra verde anunciaba: “Pruebe nuestro menú argentino”:

-MATAMBRE
-ENSALADA DE CHOCLO
-ASADO DE TIRA
-CHURRASCO
-PAPAS ASADAS
-DULCE DE BATATA

Por dos mil pesetas podían comer dos personas, tomar café y grapa. Y escuchar la voz de Pablo desgranar canciones inauditas, en aquella villa de pescadores, donde apenas hacía una década había llegado la televisión.

EL CANTO

Sacaba la voz del ombligo: Áspera, fuerte y redonda. No manejaba bien la guitarra, aunque se defendía. A veces prefería la “capela” y medio recitaba canciones. Lo importante era su voz. No se callaba ni debajo del agua. Enseguida relacionaba cualquier tema con una anécdota : “Oite, a mi me ocurrió” y tenía esa facilidad hipnótica para envolverte, subirte y bajarte al antojo de su imaginación. Todo era un desastre, una hecatombe de proporciones siderales. Si caía ceniza al café, si el churrasco llegaba algo pasado, si una cucaracha se había colado; eran motivos más que suficientes para abrir el pecho de Pandora en Pablo. Sólo cuando subía al escenario (meseta de veinte centímetros de altura, silla y doble micrófono), algo de paz se posaba en su lengua y en sus manos.
“¿Oyeron?: Hoy vamos a hacer un tango” Era su grito de :-¡Azúcar!- con el que iniciaba, cada noche, el capítulo que había esperado durante todo el día. De entre su barba comenzaba a salir un sonido como de motor en ralentí . Tenía sus comodines, sus guiños a los más fieles y siempre cerraba la sesión con: “Ete es para mi, uno de los tangos más hermosos que un hombre pueda cantar: 100 de Abril

“No, no estás ahora
en este Sur que hermoseará
nuestra tristeza en rebelión que no entendés,
y tantas cosas. Pero chau,
que en el café van a cerrar,
y afuera un poco entró a llorar
y adentro un poco entró a llover.
Mi carta no te mandaré,
la sudestada la borró.
Como a vos, ¡Ay! Como a vos”

Nunca me olvidaré de cómo, en mi barrio de pescadores entró a borbotones la voz anciana del Sur. Hace años que Pablo y Mila son puntitos de memoria, achicados o enormes según vaya la charla. En lunfardo es milonga y para Fierro "alversidá", para mí fue una canción que jamás podré olvidar.

JULIO OBESO

lunes, 23 de abril de 2007

VILLA ZAPATILLA (EXTRACTO DE PUENTES Y APUNTES)


INTRODUCCIÓN

La última media hora, sentado en los peldaños de piedra, pantalones cortos y sandalias, había estado aguantando las ganas. Casi dolía. Revisó todos los elementos: -El pendiente sin perla, la tiza azul- Sólo faltaba lo que de él no dependía, aunque le tranquilizaba el hecho de que el sol nunca falla. Parecía que al fin el proceso se aceleraba, en los últimos cinco minutos la sombra avanzó desde el fregadero hasta los arbustos, acercándose al muro ritual. Se puso frente a él. Podía observar con claridad las estrías de la cal, esas que eran una cara si las mirabas desde abajo o parecían una isla, si pegabas la nariz al muro y las veías desde un lado. El sol dejaba el suelo y empezaba a trepar pared arriba. ¿Puede un niño sentir el corazón acelerado? Sacó los talismanes, bajó los pantalones y presionó con el pulgar y el índice evitando el escape. Un poco más, sólo un poco más. Olía a tierra mojada, podía escuchar la efervescencia de la cal, sentía gotitas templadas que salpicaban los dedos desnudos de los pies. A ver : ¿Qué otro niño en el mundo, a esa misma hora, justo cuando el sol desaparece, estaría haciendo pis con un pendiente sin perla en la mano izquierda y escribiendo, con tiza azul: “Muñeco de trapo”? Una sonrisa y la mirada persiguiendo al río enano que arrastraba briznas de hierbas y polvo, cerraron la ofrenda al dios de la infancia.

LA CASA

La calle se bautizó con el nombre de Campoamor. Subía en cuesta hasta la cárcel y sólo tenía acera la orilla izquierda, donde se sucedían las casas de planta baja. La mía tenía escrito un tres azul marino en un azulejo blanco. Tres escalones de piedra llevaban a una verja de hierro repujado que mi padre pintaba de vez en cuando, para evitar el óxido. De ella colgaba una zapatilla, aviso a “navegantes” transgresores de los límites pactados entre la cordura y la “trouppe” que, cada vez más numerosa y más atrevida, se empezaba a hacer un nombre en el barrio. El Nº 1 correspondía a “Villa Pajarinos”, nosotros: “Villa Zapatilla”. Una franja de tierra rodeaba la casa en su perímetro, para nosotros el jardín. A ambos lados de la verja estaban plantados los Sanjuanes, florecían por primavera con unas minúsculas campanillas blancas muy olorosas. Bordeando el lado izquierdo una hilera de arbustos de hojas perennes y amargas, ofrecía un estupendo escondite, barrera perfecta al disgusto de Secundina, tía abuela que se encargó de nosotros más de lo que ella creyó y menos de lo que quiso. En esa zona estaba la tapia que separaba las dos casas. Había un desnivel importante que sólo salvaban las ramas de un peral. Nunca llegó a madurar fruto alguno en el lado “zapatilla”. Apenas apuntaba un bulto, era cercenado en pro de una ciencia curiosa y lesiva, que necesitaba de los dientes para demostrar que la fruta muy verde, sabe a madera y a hierba. Cuatro habitaciones, un salón, cocina (de carbón) y cuarto de baño configuraban su alma de casa. ¡Ah, sí: Y un desván! La humedad hacía sudar la cerámica y la pintura de aceite, dejando huellas en el papel pintado.

EL BARRIO

Se había unido con el centro de la ciudad demasiado rápido. En su expansión quedaron caries, martillos y contrastes que le daban un aspecto marginal. Eso lo sé ahora, pero no importa. Mi barrio (El Coto) era el escenario perfecto donde se representaba, sin más decorado que la imaginación, cada una de las obras imprescindibles que han tratado de explicar la condición humana.

Romeo y Julieta
"En la hermosa Verona, donde acaecieron estos amores,dos familias rivales igualmente nobles habían derramado,por sus odios mutuos inculpada sangre.Sus inocentes hijos pagaron la pena de estos rencores,que trajeron su muerte y el fin de su triste amor."

Se llamaba Sonia, vivía en los edificios de la carretera, eso significaba juguetes a baterías por Reyes, mandilones con lazos y calcetines con puntillas. Guapa a rabiar, ojos azules sin adjetivos y golosinas en los bolsillos a las que podíamos acceder, siempre y cuando siguiéramos las instrucciones precisas de sus burgueses caprichos: “Poneros en fila, seguirme... ¿Quién me trae algo... Verde?” Marionetas éramos bailando en hilos que la insuficiencia cosía a los estómagos. Una vez saciado el capricho, rara vez participaba en nuestros juegos, réplica que apuntaba maneras de lo que aún estaba por venir.-¿Somos novios?: ¡Vale!- Sin romper cántaros ni atornillar anillos uní para siempre mi destino al de ella. Si bien el nuevo pacto no me aportaba ni un solo caramelo más, afianzaba mi carácter de líder en la pandilla, el primero en tener novia y encima: La Sonia. Se avecinaban tormentas. Él me sacaba un año y además era su primo. Hasta entonces nos habíamos soportado, las simbiosis funcionan también en las calles, pero la sangre es la sangre. Que se lo digan a mi madre corriendo calle abajo conmigo en brazos, mientras mi nariz desdoblada sobre los labios iba dando saltos. No sentí dolor, la pedrada impactó de lleno, el aire se volvió líquido y pegajoso. Los Capuleto vengaban que ,detrás de unos arbustos de hojas perennes y amargas, un Montesco comprobara que a las niñas de los edificios altos de la carretera, les faltaba algo tan básico como la posibilidad de enfrentarse a un muro de pies y poder escribir: “Muñeco de trapo”.

La Divina Comedia

"A la mitad del viaje de nuestra vida me encontré en una selva obscura, por haberme apartado del camino recto"

Purgatorio

Cuando empezaron a llegar las primeras máquinas con la misión de remover la tierra en el lugar que más tarde se levantaría el instituto, hubo una gran revolución en el barrio. Las primeras en quejarse fueron las mujeres, aquellas orugas grandes, feas y ruidosas, profanaban los terrenos donde descansaban los animales muertos, se vareaba la lana y se instalaban tendederos provisionales. El progreso hería a unos y beneficiaba a otros (se dotaba de acera a la orilla derecha). Pero los verdaderos mártires de la modernidad fuimos las pandillas. La nuestra tenía sede, contraseña de acceso, anagrama y una actividad frenética. Enid Blyton vigilaba desde las estanterías el buen funcionamiento de las cosas. Nos faltaba un perro como Scamper, bueno, eso y saber qué demonios eran las buganvillas, cómo alguien podía comer un pastel de riñones y si las galletas de jengibre tenían forma de bizcocho o de dragón chino. En el porche, una caja de cartón gigante armada con palos daba la intimidad necesaria a las reuniones secretas que durante el verano o las vacaciones eran diarias.Pero ahora, las máquinas se habían adueñado de los territorios de paso y las madres no querían ni oír hablar de cruzar una calle si no estaba dentro de su dominio visual. La casa se nos quedaba pequeña, la calle ofrecía posibilidades infinitas con sus zanjas, sus charcos, los bloques de aglomerado; pero la zapatilla parecía haber cobrado vida propia y se retorcía en su cuerda como un ahorcado reciente. Fue entonces cuando las vecinas decidieron que podían entretenernos, cuidar de nosotros y sacarse unas monedas.

Infierno

No me acuerdo de sus honorarios ni de sus nombres, tendrían entre trece y quince años. La mayor era enorme, una mujer con todos sus complementos. Venían a buscarnos a domicilio los sábados por la tarde, hacíamos el recorrido por todo el barrio. Fue el primer montaje, en la historia de la humanidad, en el que los espectadores no acudían, eran arrancados literalmente de sus casas. El aforo estaba garantizado.Villa Pajarinos sí que tenía un jardín. Limitaba con nuestra casa y en su parte posterior con la del hombre malo. Nunca lo pude ver, pero durante mucho tiempo, a cualquier hora del día o de la noche, podías escuchar lastimeros gemidos y sobrecogedores quejidos, pidiendo la muerte a gritos. Una larga y dolorosa enfermedad, ató a ese hombre para siempre a la memoria de sus vecinos. Nos sentaban en la hierba y nos daban un bocadillo de mantequilla con azúcar y un vaso de limonada ( incluido en el precio). Ya se sabe que los estómagos vacíos no captan los matices que hacen de una obra: Arte. Escenificaban un cuento y se lo trabajaban. Las casitas de los tres cerditos, hechas de sus correspondientes materiales, eran sopladas a ras de suelo por casi todo el público. Se disfrazaban con caretas de gomas y plásticos decorados y se cambiaban detrás de un biombo cuadrado hecho con toallas, que para mis nueve años era la verdadera atracción. El “cirujano plástico” que decidió cambiar la orientación de mi nariz y yo, habíamos hecho buenas migas. Además éramos los mayores del barrio y ya no estábamos para cuentos. Cambiábamos continuamente información y aún teníamos ese punto de sinceridad, que nos unía a un tiempo que se alejaba cada vez más rápido: “Vosotros dos, decirme de que os reís para que todos podamos hacerlo.-Díselo tú – No, díselo tú- (Reunión cumbre al oído) Los dos a un tiempo –“ A ... se le ven las tetas” Evidentemente estábamos fuera de nuestro medio natural, peces ancianos de vuelta de todo, a los que un dios desproporcionado había castigado a pasar sus últimos días en una pecera guardería.

Paraíso

Si nunca sepultaste a una tortuga en el jardín de tu casa, es imposible que sepas lo que es el dolor y es improbable que conozcas, la verdadera dimensión de la memoria. Yo lo hice. Cada día desde el funeral volvía al lugar, por ver si la tierra estaba removida y Ludi como Jesús, había resucitado. Lo de Luda, su hermana, fue muy distinto, cayó desde un quinto piso y ahí la lógica comía el terreno a la leyenda. Esto ocurrió tres días después de su muerte. Había cada vez más ruido, más máquinas, más motores contaminando y dejando rastros negruzcos en la ropa tendida. Mi abuela, de aquella, era maestra en un pueblo del oriente llamado Villahormes. Ahí no había camiones pasando a todo trapo, el aire era limpio y además, aprovechando el tirón, caerían algunas clases extra. Mi madre nos preparó la maleta a mi hermano Javier y a mi. Nos dijo que metiésemos algún juguete, nos sentó en un tren de asientos listados y nos recomendó al revisor. Papá trabajaba en la compañía ferroviaria y ese tipo de favores era corriente entre los funcionarios. A las dos horas de traqueteo tenía marcado cada listón, cada veta de madera en los muslos (Pantalones cortos eran el uniforme) En cada parada subían los heladeros, los barquilleros, los de las limonadas, pero nosotros íbamos sin blanca. Después de cinco interminables horas –haciendo un cálculo estimativo, la velocidad crucero del tren jamás rebasó los treinta Km/h- mi abuela nos recogió en el andén de destino. Cena rápida y a la cama.Cuando desperté, me encontré con una mujer a la que no conocía de nada metiendo sus narices en dos pares de zapatos. Los olía con fruición, como un perro de caza adiestrado siguiendo un rastro claro. Javier también abrió los ojos y los dos, incorporados en las camas, no podíamos quitar la vista a la mujer que ya había soltado los zapatos y ahora, se interesaba en el resto del equipaje. No era cuidadosa, sacaba las cosas bruscamente. Tanto es así que finalmente optó por vaciar las bolsas de viaje volcándolas en el suelo. Recuerdo el desconcierto de Javi que sin duda era espejo del mío. Abrió las ventanas de par en par, fue entonces cuando me di cuenta del peculiar olor que flotaba en el ambiente. Más que peculiar y olor, había un hedor insoportable. Cuando ella salió para dejar que nos vistiéramos, nos preguntamos con los ojos –no hacía falta más- Entonces saqué la bolsa de plástico que escondí debajo de la cama. El camino a la santidad de Ludi sería bastante trabajoso, desde luego no pasaría a los libros de religión por ser la primera tortuga incorrupta.La escondimos en el establo para recuperar su caparazón a la vuelta. Se quedó allí. Al paraíso no se pude ir con los cadáveres de los seres queridos.


JULIO OBESO
 

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