lunes, 23 de abril de 2007

VILLA ZAPATILLA (EXTRACTO DE PUENTES Y APUNTES)


INTRODUCCIÓN

La última media hora, sentado en los peldaños de piedra, pantalones cortos y sandalias, había estado aguantando las ganas. Casi dolía. Revisó todos los elementos: -El pendiente sin perla, la tiza azul- Sólo faltaba lo que de él no dependía, aunque le tranquilizaba el hecho de que el sol nunca falla. Parecía que al fin el proceso se aceleraba, en los últimos cinco minutos la sombra avanzó desde el fregadero hasta los arbustos, acercándose al muro ritual. Se puso frente a él. Podía observar con claridad las estrías de la cal, esas que eran una cara si las mirabas desde abajo o parecían una isla, si pegabas la nariz al muro y las veías desde un lado. El sol dejaba el suelo y empezaba a trepar pared arriba. ¿Puede un niño sentir el corazón acelerado? Sacó los talismanes, bajó los pantalones y presionó con el pulgar y el índice evitando el escape. Un poco más, sólo un poco más. Olía a tierra mojada, podía escuchar la efervescencia de la cal, sentía gotitas templadas que salpicaban los dedos desnudos de los pies. A ver : ¿Qué otro niño en el mundo, a esa misma hora, justo cuando el sol desaparece, estaría haciendo pis con un pendiente sin perla en la mano izquierda y escribiendo, con tiza azul: “Muñeco de trapo”? Una sonrisa y la mirada persiguiendo al río enano que arrastraba briznas de hierbas y polvo, cerraron la ofrenda al dios de la infancia.

LA CASA

La calle se bautizó con el nombre de Campoamor. Subía en cuesta hasta la cárcel y sólo tenía acera la orilla izquierda, donde se sucedían las casas de planta baja. La mía tenía escrito un tres azul marino en un azulejo blanco. Tres escalones de piedra llevaban a una verja de hierro repujado que mi padre pintaba de vez en cuando, para evitar el óxido. De ella colgaba una zapatilla, aviso a “navegantes” transgresores de los límites pactados entre la cordura y la “trouppe” que, cada vez más numerosa y más atrevida, se empezaba a hacer un nombre en el barrio. El Nº 1 correspondía a “Villa Pajarinos”, nosotros: “Villa Zapatilla”. Una franja de tierra rodeaba la casa en su perímetro, para nosotros el jardín. A ambos lados de la verja estaban plantados los Sanjuanes, florecían por primavera con unas minúsculas campanillas blancas muy olorosas. Bordeando el lado izquierdo una hilera de arbustos de hojas perennes y amargas, ofrecía un estupendo escondite, barrera perfecta al disgusto de Secundina, tía abuela que se encargó de nosotros más de lo que ella creyó y menos de lo que quiso. En esa zona estaba la tapia que separaba las dos casas. Había un desnivel importante que sólo salvaban las ramas de un peral. Nunca llegó a madurar fruto alguno en el lado “zapatilla”. Apenas apuntaba un bulto, era cercenado en pro de una ciencia curiosa y lesiva, que necesitaba de los dientes para demostrar que la fruta muy verde, sabe a madera y a hierba. Cuatro habitaciones, un salón, cocina (de carbón) y cuarto de baño configuraban su alma de casa. ¡Ah, sí: Y un desván! La humedad hacía sudar la cerámica y la pintura de aceite, dejando huellas en el papel pintado.

EL BARRIO

Se había unido con el centro de la ciudad demasiado rápido. En su expansión quedaron caries, martillos y contrastes que le daban un aspecto marginal. Eso lo sé ahora, pero no importa. Mi barrio (El Coto) era el escenario perfecto donde se representaba, sin más decorado que la imaginación, cada una de las obras imprescindibles que han tratado de explicar la condición humana.

Romeo y Julieta
"En la hermosa Verona, donde acaecieron estos amores,dos familias rivales igualmente nobles habían derramado,por sus odios mutuos inculpada sangre.Sus inocentes hijos pagaron la pena de estos rencores,que trajeron su muerte y el fin de su triste amor."

Se llamaba Sonia, vivía en los edificios de la carretera, eso significaba juguetes a baterías por Reyes, mandilones con lazos y calcetines con puntillas. Guapa a rabiar, ojos azules sin adjetivos y golosinas en los bolsillos a las que podíamos acceder, siempre y cuando siguiéramos las instrucciones precisas de sus burgueses caprichos: “Poneros en fila, seguirme... ¿Quién me trae algo... Verde?” Marionetas éramos bailando en hilos que la insuficiencia cosía a los estómagos. Una vez saciado el capricho, rara vez participaba en nuestros juegos, réplica que apuntaba maneras de lo que aún estaba por venir.-¿Somos novios?: ¡Vale!- Sin romper cántaros ni atornillar anillos uní para siempre mi destino al de ella. Si bien el nuevo pacto no me aportaba ni un solo caramelo más, afianzaba mi carácter de líder en la pandilla, el primero en tener novia y encima: La Sonia. Se avecinaban tormentas. Él me sacaba un año y además era su primo. Hasta entonces nos habíamos soportado, las simbiosis funcionan también en las calles, pero la sangre es la sangre. Que se lo digan a mi madre corriendo calle abajo conmigo en brazos, mientras mi nariz desdoblada sobre los labios iba dando saltos. No sentí dolor, la pedrada impactó de lleno, el aire se volvió líquido y pegajoso. Los Capuleto vengaban que ,detrás de unos arbustos de hojas perennes y amargas, un Montesco comprobara que a las niñas de los edificios altos de la carretera, les faltaba algo tan básico como la posibilidad de enfrentarse a un muro de pies y poder escribir: “Muñeco de trapo”.

La Divina Comedia

"A la mitad del viaje de nuestra vida me encontré en una selva obscura, por haberme apartado del camino recto"

Purgatorio

Cuando empezaron a llegar las primeras máquinas con la misión de remover la tierra en el lugar que más tarde se levantaría el instituto, hubo una gran revolución en el barrio. Las primeras en quejarse fueron las mujeres, aquellas orugas grandes, feas y ruidosas, profanaban los terrenos donde descansaban los animales muertos, se vareaba la lana y se instalaban tendederos provisionales. El progreso hería a unos y beneficiaba a otros (se dotaba de acera a la orilla derecha). Pero los verdaderos mártires de la modernidad fuimos las pandillas. La nuestra tenía sede, contraseña de acceso, anagrama y una actividad frenética. Enid Blyton vigilaba desde las estanterías el buen funcionamiento de las cosas. Nos faltaba un perro como Scamper, bueno, eso y saber qué demonios eran las buganvillas, cómo alguien podía comer un pastel de riñones y si las galletas de jengibre tenían forma de bizcocho o de dragón chino. En el porche, una caja de cartón gigante armada con palos daba la intimidad necesaria a las reuniones secretas que durante el verano o las vacaciones eran diarias.Pero ahora, las máquinas se habían adueñado de los territorios de paso y las madres no querían ni oír hablar de cruzar una calle si no estaba dentro de su dominio visual. La casa se nos quedaba pequeña, la calle ofrecía posibilidades infinitas con sus zanjas, sus charcos, los bloques de aglomerado; pero la zapatilla parecía haber cobrado vida propia y se retorcía en su cuerda como un ahorcado reciente. Fue entonces cuando las vecinas decidieron que podían entretenernos, cuidar de nosotros y sacarse unas monedas.

Infierno

No me acuerdo de sus honorarios ni de sus nombres, tendrían entre trece y quince años. La mayor era enorme, una mujer con todos sus complementos. Venían a buscarnos a domicilio los sábados por la tarde, hacíamos el recorrido por todo el barrio. Fue el primer montaje, en la historia de la humanidad, en el que los espectadores no acudían, eran arrancados literalmente de sus casas. El aforo estaba garantizado.Villa Pajarinos sí que tenía un jardín. Limitaba con nuestra casa y en su parte posterior con la del hombre malo. Nunca lo pude ver, pero durante mucho tiempo, a cualquier hora del día o de la noche, podías escuchar lastimeros gemidos y sobrecogedores quejidos, pidiendo la muerte a gritos. Una larga y dolorosa enfermedad, ató a ese hombre para siempre a la memoria de sus vecinos. Nos sentaban en la hierba y nos daban un bocadillo de mantequilla con azúcar y un vaso de limonada ( incluido en el precio). Ya se sabe que los estómagos vacíos no captan los matices que hacen de una obra: Arte. Escenificaban un cuento y se lo trabajaban. Las casitas de los tres cerditos, hechas de sus correspondientes materiales, eran sopladas a ras de suelo por casi todo el público. Se disfrazaban con caretas de gomas y plásticos decorados y se cambiaban detrás de un biombo cuadrado hecho con toallas, que para mis nueve años era la verdadera atracción. El “cirujano plástico” que decidió cambiar la orientación de mi nariz y yo, habíamos hecho buenas migas. Además éramos los mayores del barrio y ya no estábamos para cuentos. Cambiábamos continuamente información y aún teníamos ese punto de sinceridad, que nos unía a un tiempo que se alejaba cada vez más rápido: “Vosotros dos, decirme de que os reís para que todos podamos hacerlo.-Díselo tú – No, díselo tú- (Reunión cumbre al oído) Los dos a un tiempo –“ A ... se le ven las tetas” Evidentemente estábamos fuera de nuestro medio natural, peces ancianos de vuelta de todo, a los que un dios desproporcionado había castigado a pasar sus últimos días en una pecera guardería.

Paraíso

Si nunca sepultaste a una tortuga en el jardín de tu casa, es imposible que sepas lo que es el dolor y es improbable que conozcas, la verdadera dimensión de la memoria. Yo lo hice. Cada día desde el funeral volvía al lugar, por ver si la tierra estaba removida y Ludi como Jesús, había resucitado. Lo de Luda, su hermana, fue muy distinto, cayó desde un quinto piso y ahí la lógica comía el terreno a la leyenda. Esto ocurrió tres días después de su muerte. Había cada vez más ruido, más máquinas, más motores contaminando y dejando rastros negruzcos en la ropa tendida. Mi abuela, de aquella, era maestra en un pueblo del oriente llamado Villahormes. Ahí no había camiones pasando a todo trapo, el aire era limpio y además, aprovechando el tirón, caerían algunas clases extra. Mi madre nos preparó la maleta a mi hermano Javier y a mi. Nos dijo que metiésemos algún juguete, nos sentó en un tren de asientos listados y nos recomendó al revisor. Papá trabajaba en la compañía ferroviaria y ese tipo de favores era corriente entre los funcionarios. A las dos horas de traqueteo tenía marcado cada listón, cada veta de madera en los muslos (Pantalones cortos eran el uniforme) En cada parada subían los heladeros, los barquilleros, los de las limonadas, pero nosotros íbamos sin blanca. Después de cinco interminables horas –haciendo un cálculo estimativo, la velocidad crucero del tren jamás rebasó los treinta Km/h- mi abuela nos recogió en el andén de destino. Cena rápida y a la cama.Cuando desperté, me encontré con una mujer a la que no conocía de nada metiendo sus narices en dos pares de zapatos. Los olía con fruición, como un perro de caza adiestrado siguiendo un rastro claro. Javier también abrió los ojos y los dos, incorporados en las camas, no podíamos quitar la vista a la mujer que ya había soltado los zapatos y ahora, se interesaba en el resto del equipaje. No era cuidadosa, sacaba las cosas bruscamente. Tanto es así que finalmente optó por vaciar las bolsas de viaje volcándolas en el suelo. Recuerdo el desconcierto de Javi que sin duda era espejo del mío. Abrió las ventanas de par en par, fue entonces cuando me di cuenta del peculiar olor que flotaba en el ambiente. Más que peculiar y olor, había un hedor insoportable. Cuando ella salió para dejar que nos vistiéramos, nos preguntamos con los ojos –no hacía falta más- Entonces saqué la bolsa de plástico que escondí debajo de la cama. El camino a la santidad de Ludi sería bastante trabajoso, desde luego no pasaría a los libros de religión por ser la primera tortuga incorrupta.La escondimos en el establo para recuperar su caparazón a la vuelta. Se quedó allí. Al paraíso no se pude ir con los cadáveres de los seres queridos.


JULIO OBESO

3 comentarios:

VIKTOR GOMEZ dijo...

Esto es canela en rama.

Vuelvo mañana y con la miel en la boca te comento

VIKTOR GOMEZ dijo...

Bueno, no sé si hay más a disposición de esta loca amiga tuya, pero me lo dirá Victor.
Quiero más, tenías razón en lo que decías la otra noche, tienes que seguir escribiendo prosa, es estupendo lo que he leído, escribes muy bien Julio, de verdad muy bien.
El chaval de Villa Zapatilla no se ha perdido ¿sabes? leeré el resto con ávidez, te lo aseguro y seguro que lo disfrutaré, como disfruto de los ratos que estoy contigo porque en ti, en todo tú y en tus ojos sigues siendo tú. Besos Juani. (Jana)

Jesús Sevillano dijo...

Julio,tu prosa me produce una envidia sana. Es pura posesía como la de tu paisano Campoamor, que además da nombre a la calle. ¡A cuantas calles y plazas ha dado su nombre! Me alegra que entres en mi humilde blog. Saludos
Jesús

 

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