
Dejabas de fumar al enterarte
de una muerte cualquiera.
Te quedabas mirando...
y todo se dormía en los cristales
de tu vieja ventana:
la mudez de tu aliento susurraba en el frío,
una calle en pijama se colaba en tus ojos
acolchados de dudas,
el portal bostezaba minifaldas de sábado.
Como un Dios inherente
pensabas que pensabas, sin embargo,
era un gesto capaz de amortizar
el déficit del mundo.
-Yo no soy un poeta- te dijiste,
derramando un poema
que envejece contigo cuando hablas,
lo llevas escribiendo desde que te dejaste
la voz en la ventana,
desde que las palabras planearon
escapar en el humo de tu último cigarro.
Luis Oroz.
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