Su boca, menos de un tercio de esperanza, fractura de añiles, fría, tetánica. Todo esperaba de su muerte salvo la sombra. Bajo el fuego fatuo nada se mueve, respira, silba: Paz de los cadáveres ancianos. La longeva pulcritud de las tumbas es mérito de la digna labor que el olvido practica.
Son estas horas, cuando las cosas de la vida ya están hechas o aparcadas, las del encuentro. Una lectura, un piano, la imagen deseada, un sueño sin laberintos. Alrededor de la media noche, Thelonious Monk lo intuyó, somos seres auténticos, sin guardia. Baja una niebla lechosa y el aullido voltea el tiempo: Llega la noche..