
No vendrá.
Fuiste convidada por labios consagrados.
Nada imaginado es mentira.
Así el café y sus sábanas,
el gozo, los andenes que te hacían vid
en la distancia.
Nunca más.
Mataste al mensajero.
¿Cómo adivinar que la carta
era la daga?
Julio Obeso González